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Cambiando el rostro de la producción de banano

Las bananeras ganaron muy mala reputación por deforestar los bosques, contaminar ríos y utilizar químicos peligrosos que causaron enfermedades a sus trabajadores. Pero este grupo de fincas Rainforest Alliance Certified™ demuestra el lado positivo y sostenible de la industria.

Por Yessenia Soto*

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Cuando era un niño creciendo cerca de las bananeras ubicadas en el Pacífico Sur de Costa Rica, Jorge Guerrero solía ir a los bananales para llevarle el almuerzo a su padre. “Era muy normal ir a las fincas y caminar por enormes incineradores que quemaban, al aire libre, las bolsas plásticas que cubrían los racimos de banano”, recuerda Guerrero, resaltando que las bolsas estaban impregnadas con agroquímicos. “Estaba acostumbrado a ver trabajadores aplicando agroquímicos sin equipo de protección, niños jugando en las bananeras y hasta veíamos fumigaciones aéreas que se hacían si avisar a las comunidades ni a los trabajadores”.

Desde entonces, estas prácticas han mejorado considerablemente en toda la industria, pero Grupo San Alberto, un grupo de tres fincas bananeras certificadas Rainforest Alliance en la región Atlántica, donde Guerrero trabaja ahora como coordinador de certificaciones, es quizá uno de los ejemplos más destacados de sostenibilidad ambiental y social.

“Fue aquí donde escuché, por primera vez, sobre sostenibilidad, seguridad, salud ocupacional y sobre agricultura responsable en general,” dijo Guerrero, quien empezó a trabajar como peón en Grupo San Alberto en 1992, cuando dejó su pueblo poco después de que cerraron todas las bananeras del Pacífico.

Las fincas de Grupo San Alberto se certificaron en 1996 y, desde entonces, han hecho mejoras ambientales excepcionales en sus 800 hectáreas. En lugar de usar herbicidas, los trabajadores hacen control manual de malezas, lo que redujo el uso de agroquímicos y favoreció una saludable cobertura vegetal que protege al suelo de la erosión y que es amigable con insectos buenos para el cultivo. También han reforestado los canales de drenaje que recorren las plantaciones, disminuyendo aún más la erosión y evitando que sedimentos, como fertilizantes, sean arrastrados por la lluvia y terminen contaminando los ríos. Décadas atrás, en estos canales fluían aguas marrones, enlodadas y cargadas de sustancias. Hoy, los canales lucen cristalinos y hasta se puede ver peces y camarones en sus aguas.

Las bolsas plásticas que cubren los racimos de bananos están ahora hechas con mínimas cantidades de químicos, así que los trabajadores pueden manipularlas sin preocuparse ni necesitar protección especial. Las bolsas, junto a todo el plástico de la finca, se reciclan en lugar de ser quemadas. Hasta la “fruta de desecho” –bananos que no tienen el tamaño ni la apariencia perfecta para pasar controles de calidad para exportación– es aprovechada: parte se vende a una empresa que hace hojuelas de banano tostadas y otra parte se regala a trabajadores y las comunidades. Guerrero recuerda cómo, en las bananeras en su pueblo, toda esta fruta se tiraba en los ríos.

Grupo San Alberto también resalta por sus esfuerzos para asegurar el bienestar de sus 400 trabajadores. Si bien, las bananeras alguna vez fueron sinónimo de abusos laborales, los empleados de San Alberto están más que satisfechos con su empleo. Todos reciben capacitación constante en sostenibilidad y salud ocupacional, tienen salarios por encima del salario mínimo, seguro social, vacaciones pagadas y gozan de beneficios adicionales como el pago semestral de liquidación.

Olger Rojas, quien ha trabajado en Grupo San Alberto por más de 15 años, cosecha banano por seis meses y luego regresa a casa en Guanacaste, una provincia en el Pacífico Norte, por un mes. “No hay trabajos bien pagados en Guanacaste”, explica Rojas, “en cambio, aquí tengo trabajo estable y me pagan y tratan muy bien. Somos como una familia. Muchos nos reunimos en la tarde, después del trabajo, para jugar fútbol”. Gracias a su trabajo, Rojas ha logrado comprar 20 hectáreas donde su familia está criando ganado.

Adicionalmente, los trabajadores tienen equipos de seguridad, se realizan chequeos médicos anuales y cuentan con doctor de empresa. Empleados como Olger, que viajan largas distancias, tienen alojamiento gratis en una de las tres villas construidas por la compañía. Estas villas cuentan con 45 casas familiares y 30 habitaciones individuales, áreas verdes, canchas de básquetbol, tenis, vólibol y fútbol, pista de atletismo, parques infantiles, salón para celebraciones comunales y guardas de seguridad pagados. La empresa también apoya a la escuela y clínica de salud local.

La rotación de personal en Grupo San Albero es menor a 5%, mientras que el promedio en las bananeras, según Guerrero, es de 40%. “La gente trabaja aquí por décadas. Hemos contratado hijos y nietos de trabajadores antiguos. Y estamos muy orgullosos de ver que más y más trabajadores pueden enviar a sus hijos a la escuela y hasta a la universidad. Algunos ya tienen ingenieros y doctores en la familia”.

*Consultora de comunicaciones de Rainforest Alliance.

3 pensamientos en “Cambiando el rostro de la producción de banano

  1. Les agradecería publicar detalles de las cantidades exportadas por los principales paises productores. En la década del 1960/70, uno de los principales exportadores de banano, era Ecuador, que enviaba entre 300.000 y 400.000 tons. semanales hacia los puertos de Alemania y EE.UU.. aparte de otros destinos menores. Las principales empresas promotoras de USA se asentaron en el puerto de Guayaquil, Ec.para comercializar y tecnificar la variedad cavendish.

  2. De este proyecto fui parte me desempeñaba como capataz, en estas fincas,reconozco que fue muy duro y entre compañeros se escuchaba,están locos eso es imposible,pero al final fue un éxito

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